
AFP
Humberto Moreira y Pedro Ferriz
Estuve una semana en la playa con mis hijos y a todos nos faltó tiempo junto al mar. En esos días leí "Los enamoramientos" de Javier Marías (Alfaguara 2011), libro oscuro y triste que retrata de forma brutal los desencuentros amorosos que terminamos viviendo todos alguna vez en nuestra vida.
Esto no es una reseña literaria porque no me dedico a eso ni lo sé hacer, sino una reflexión sobre algunas ideas que Marías plantea sobre el amor y que son radicalmente opuestas a las versiones edulcoradas de nuestra cultura romántica de la que me confieso víctima de vez en cuando. Ya había leído, también de Marías, "Corazón tan blanco" que igual me dejó fría con varias de sus afirmaciones sobre las motivaciones "amorosas" de las personas, sobre todo aquello que nunca le confesaremos al otro por más que digamos amarlo, sobre lo mucho que necesitamos y lo poco que amamos pero sobre todo, lo que más que me parece trascendente enfocar es que quizá nos haría muy bien a hombres y mujeres un poco más de realismo para enfrentar nuestras relaciones amorosas.
En los enamoramientos, Marías afirma que no existe eso que nos inventamos para justificar que nos hemos enamorado de alguien. Que todos somos sustitutos de alguien más, eso que estaba más a la mano en el momento en que el otro llegó y que nos da por construirnos una historia fantástica de amor y reconocimiento cósmico cuando en realidad quizá solo nos "enamoramos" de alguien por estar cansados de relaciones fallidas, por estar cansados de la soledad, por sustituir a alguien y evitarnos así el dolor de la pérdida. Todos somos sustitutos de alguien más, real o fantaseado dice Marías, así, con todas las letras.
Me dolía leerlo. Pensaba en mis propias ideas sobre el amor. En esa inocencia culpable que ahora mismo exhibo frente a ustedes que me hace creer en cosas de adolescente a ratos, cuando tengo nada menos que 41 años. Me dolía leer a Marías con sus verdades tan bien dichas sobre la falsedad del amor incondicional, sobre el utilitarismo que todos albergamos en nuestro corazón, sobre lo mezquinos y egoístas que podemos llegar a ser, usando a alguien como si fuera objeto y no sujeto.
En el libro, Marías habla de algo interesantísimo que parece ser una tendencia relacional de la posmodernidad. Las relaciones sin nombre, sin compromiso, sin expectativas, que nunca terminan de convertirse en algo, de consolidarse, de sedimentarse en la tierra y echar raíces. Habla de esos encuentros exclusivamente sexuales donde muchas veces, inevitablemente, alguien termina perdiendo el control al enamorarse del otro que sólo le ve como un compás de espera, como uno más de una larga lista en la que lo importante es que no se genere intimidad.
Relaciones en las que se habla poco de uno mismo, en las que no importa intimar, relaciones que dejan la sensación de poder terminarse en cualquier momento, que dejan la duda permanente de si será esta la última vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario