jueves, 28 de julio de 2011

Humberto Moreira y Vicente Chaires presentan: Letras extranjeras sobre México

Humberto Moreira  y Vicente Chaires

Durante cinco siglos México ha sido un imán para los extranjeros, y como tal ha tenido siempre un lado que atrae y otro que repele. Nuestro nacionalismo puede tener también dos caras: la que ensalza nuestras virtudes y la que nos cega, pues hace que no veamos, o que no queramos ver, esa otra realidad propia que menoscaba nuestra integridad al apasionarnos por nosotros mismos.

 Todo nacionalismo exacerbado deforma la realidad; tiende a ver lo propio como lo mejor y lo ajeno como lo peor. Radicaliza, polariza. Impide distinguir que también de lo “malo” se puede obtener algo positivo y que lo “bueno” no siempre es lo mejor. La experiencia y la visión de los escritores extranjeros hacia nosotros nos permite apreciar una parte de su realidad que nos resulta desconocida pero al mismo tiempo también algo de nuestra realidad que no vemos o ignoramos.

 Entre la variadísima gama de extranjeros que han venido a conocer nuestra tierra y su gente desde hace casi quinientos años, muchos dejaron su testimonio, escribiendo sobre sus experiencias. Los más han sido hombres –aunque también hay plumas femeninas-. He aquí unos ejemplos de connotada gente de letras pertenecientes al siglo XX, y los contrastantes gestos que les produjo su experiencia de México.

El escritor Malcom Lowry vivió en Cuernavaca de 1936 a 1938. Dejó varios escritos sobre nuestro país

El escritor Malcom Lowry vivió en Cuernavaca de 1936 a 1938. Dejó varios escritos sobre nuestro país

 El escritor inglés D. H. Lawrence (1885-1930), estuvo tres breves meses de 1923 en Jalisco y el D. F., y su paso por México no fue particularmente de su agrado, aunque sí quedó sumamente impresionado. El libro que le inspiró nuestro país fue La serpiente emplumada (1926), famosa obra que sus críticos consideraron “desde lo más genial de la producción de Lawrence hasta lo más deplorable”. En esta novela dejó ver en su experiencia de México cierta repugnancia hacia la adoración de las deidades prehispánicas y las posteriores a la conquista. “Kate (la protagonista) no podía mirar las piedras del Museo Nacional de México sin sentir depresión y terror; serpientes enrolladas en sí mismas como enormes masas de excremento, serpientes con garras y cubiertas de plumas que sobrepujaban todas las visiones de terror”. Con motivo de una misa en Jalisco, el novelista condena en una página: “… En vez de haberse recogido y salir más serios, más serenos, salían más sueltos y menos respetuosos. Si hay algo que los hombres necesitan aprender, sobre todo estos indios de México, es a recogerse dentro de sí mismos y permanecer dentro de su alma. Y en lugar de enseñarlos a esto la Iglesia los empuja a una impotencia emocional con la satisfacción sensual de sentirse víctimas.” Lawrence vio en el mexicano “infinitos complejos de inferioridad (…) que le hace ser extraordinariamente agresivo”.

 En dos reveladores pasajes que bien podrían resumir su concepto de México, sentencia: “Hubo un silencio durante el cual Kate volvió a sentir esa amarga decepción que experimentan todos los que terminan conociendo bien a México, y que termina en una desesperanza amarga y estéril.” En voz de Kate: “es un país deprimente y agobiante”. Lawrence simboliza a México como “una serpiente oculta en una corriente subterránea de bajeza y vicio.” Sin embargo también deja ver, aunque en menos ocasiones, algunas amables descripciones de un México difícil de comparar, cuando describe con belleza paisajes y apacibles escenas del campo que seguramente quedaron imperecederas en su memoria y que gracias a su novela podemos también rescatar: “Hacía una hermosa mañana y por rara casualidad, bajo el cielo azul, veíase erguirse como una sombra atmosférica entocada de nieve el Popocatépetl, dejando escapar de su cima una columna de humo semejante a una serpiente”. Y esta otra: “Kate leyó varias veces la hojita, pareciéndole después de su lectura que la hermosa mañana se envolvía en una especie de oscuridad vibrante. Tomó el café en la galería, bajo las papayas, gotas gigantescas de una fuente invisible de vida ultrahumana. Tuvo la sensación de estar asistiendo al nacimiento del cosmos (…)”

 En el caso del novelista Malcolm Lowry (1909-1957), inglés también, México resultó ser algo muy distinto en su experiencia. Vivió en Cuernavaca de 1936 a 1938. En Bajo el volcán, considerada su obra cumbre (de la que extravió el manuscrito en un bar de nuestro país, pero que afortunadamente fue recuperado) se puede encontrar, por ejemplo, descripciones como ésta: “… como la horriblemente bella catedral de Borda en Taxco.”, en que se nota otro tipo de asimilación. En su famosa novela, Lowry entremezcla varios elementos autobiográficos con una fuerte carga poética, emocional y realista teniendo como escenarios Cuernavaca y sus inmediaciones. Para hacernos una idea del tratamiento que dio este escritor a su libro, amalgamando su ser con nuestro país, puede ayudar lo siguiente. Dice Lowry a su editor: “La novela se refiere a ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre, a su culpa, al remordimiento; el libro entero puede considerarse como una especie de absurdo abominable, tal como de hecho lo es el mundo… El escenario es México, sitio de encuentro, según algunos, de la humanidad entera (…) vieja liza de conflictos raciales y políticos de toda especie, donde un pueblo nativo genial y pleno de color posee una religión que rudimentariamente podríamos describir como una religión de la muerte”.

 Malcolm Lowry tuvo una vida de abundantes incidentes desafortunados y murió por alcoholismo. Sin embargo, en su novela se lee entre líneas a un hombre sí atormentado pero poseedor de una lucidez y sensibilidad extremas, y sin duda México le proporcionó algo del solaz que su espíritu a gritos pedía, tal y como Geoffrey, el protagonista de su libro y de un trágico final. La experiencia de México en Lowry fue personal e intensa. Este pasaje, en que describe como quizás y ningún mexicano el por todos conocido trayecto de Cuernavaca al D. F., lo deja entrever: “¡Qué continua y sorprendentemente cambiaba el paisaje! Ahora eran campos cubiertos de piedras y una hilera de árboles secos. El perfil de un arado ruinoso levantaba los brazos al cielo en muda súplica. Otro planeta… un planeta extraño en el que, si se mirara un poco más lejos, después de Tres Marías, podría descubrirse inmediatamente cualquier tipo de paisaje… un planeta en el cual se cambiaba de clima en un abrir y cerrar de ojos y bastaba tomarse la molestia de pensar en ello y atravesar una carretera para recorrer tres civilizaciones; pero hermoso –no cabía negar su belleza fatal o purificadora– según fuera el caso: la belleza misma del Paraíso Terrenal.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario